“Autopista del Huiro, la ancestral conexión del ser humano con los bosques submarinos” por Daniel González (La Tercera)

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    Columna de opinión por Daniel González, estudiante de Doctorado del Núcleo Milenio UPWELL, de la Universidad Católica de la Santísima Concepción y del Instituto Milenio SECOS. Publicada en La Tercera

    En la sociedad moderna, a menudo olvidamos cuán estrechamente ligados hemos estado con la naturaleza a lo largo de la historia. Los bosques de huiros o bosques de macroalgas son un claro ejemplo de esta relación, ya que han sido una fuente de recursos para la humanidad durante miles de años.

    Estos bosques submarinos crean ecosistemas tridimensionales que se encuentran entre los más productivos del mundo, albergando una gran diversidad de moluscos, crustáceos y peces, lo que proporciona una fuente de alimento continua que los seres humanos siempre hemos sabido aprovechar.

    En las últimas décadas, se ha incentivado y desarrollado investigaciones con una colaboración cada vez más estrecha entre diferentes disciplinas. Es así como un trabajo conjunto entre arqueólogos y biólogos marinos desarrolló la hipótesis sobre poblamiento humano vinculado a estos bosques de algas a lo largo de la costa de América, propuesta que se denominó como “Kelp Highway” o, en español, “Autopista del Huiro”.

    Con esta hipótesis, los investigadores proponen que los bosques marinos costeros formados por macroalgas ofrecieron una ruta de migración que facilitó el asentamiento del ser humano hace por lo menos 16.000 años en su ruta por el continente americano. De esta forma, los recursos que proporcionan estos bosques submarinos crearon condiciones favorables para el movimiento y asentamiento de cazadores-recolectores costeros que poblaron este Nuevo Mundo.

    La “Autopista del Huiro” es continua desde el Noreste asiático hasta Baja California, y tras un salto en el trópico, continua a lo largo de la costa de América del Sur. Las evidencias arqueológicas nos han permitido dilucidar la gran importancia de estos bosques para los grupos humanos, con un valor que va más allá de la mera alimentación puesto que estas algas se usaron además como material constructivo o materia prima para fuego. También se le daba un uso textil en la confección de ropa, cestos, cuerdas y redes de pesca. Igualmente se usaron como remedios naturales para tratar diversas dolencias y se utilizaron las macroalgas en ceremonias y rituales religiosos de agradecimiento y respeto a la naturaleza.

    La conexión con estos bosques submarinos no solo fue crucial para las sociedades costeras, sino que también se ha descubierto evidencia de comercio con asentamientos más alejados, incluyendo poblaciones andinas, donde se han encontrado recursos costeros como peces y conchas, así como cuerpos humanos momificados con evidencia de una dieta marina en sus estómagos.

    Hoy en día, seguimos beneficiándonos de los múltiples servicios ecosistémicos que entregan los huiros, los cuales no se limitan únicamente a la extracción directa. Numerosas especies comerciales de mariscos y pescados se encuentran estrechamente asociadas a estos bosques subacuáticos y, por tanto, son de suma importancia para las caletas de pescadores a lo largo de la costa de Chile.

    En la actualidad, son muchos los lugares del mundo donde se observa una rápida disminución de estos bosques submarinos debido al cambio climático. En Chile, además del efecto del calentamiento global debemos sumar el impacto de la intensa extracción de estos huiros, lo que acelera su desaparición y dificulta su recuperación.

    Este importante ecosistema, lleva proveyendo de recursos al ser humano en América desde hace por lo menos 16.000 años y ahora está desapareciendo. El uso responsable de este biorecurso, la acuicultura a pequeña escala y medidas de conservación de estos ecosistemas son clave para asegurar su existencia durante las próximas décadas y evitar que se pierda la ancestral conexión del ser humano con los bosques de huiros.